Disperso como una deslumbrante constelación sobre las aguas cálidas del océano Pacífico occidental y el mar de la China Meridional, el archipiélago de Filipinas está integrado por más de 7.640 islas e islotes tropicales que configuran uno de los países más singulares, biodiversos y hospitalarios de toda Asia. Estratégicamente situado en el corazón del Cinturón de Fuego del Pacífico y del Triángulo de Coral, este vasto territorio insular se divide tradicionalmente en tres grandes regiones geográficas: Luzón al norte, hogar de la capital cosmopolita, cordilleras de montaña cubiertas de pinares, terrazas de arroz milenarias y volcanes activos de silueta perfecta; las Bisayas en el centro, epicentro de arrecifes coralinos vírgenes, mares turquesas y playas de arena blanca incomparables; y Mindanao al sur, tierra de densas selvas ecuatoriales, biodiversidad montañosa y arraigadas tradiciones culturales.
La identidad cultural filipina es un prodigioso crisol histórico sin equivalente en el continente asiático. Más de tres siglos de soberanía española (1565-1898), que legaron su fe mayoritariamente católica, la traza urbana de ciudades con plazas mayores e iglesias barrocas de piedra declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, apellidos hispánicos y una toponimia familiar, se funden armoniosamente con las raíces milenarias austronésicas, las intensas relaciones mercantiles con comerciantes chinos de ultramar y la posterior influencia educativa y lingüística estadounidense del siglo XX. Esta confluencia histórica se refleja vivamente en su arquitectura mestiza («bahay na bato»), en celebraciones festivas multitudinarias («fiestas») llenas de fervor y colorido, y en una gastronomía mestiza prodigiosa donde el vinagre de caña, el ajo, el jengibre, la salsa de soja y la leche de coco crean perfiles gustativos únicos en platos como el adobo, el lechón y el sinigang.
En el plano paisajístico y ecológico, Filipinas es un paraíso de superlativos. En la gran isla de Luzón, la cordillera central de los montes de Ifugao exhibe las monumentales terrazas de arroz de Banaue y Batad, labradas a mano por tribus indígenas hace más de dos milenios siguiendo las curvas de nivel de las montañas con una sabiduría agrícola asombrosa. Al norte, la histórica ciudad de Vigan conserva la atmósfera señorial colonial del comercio de los galeones de Manila-Acapulco con sus calles de adoquines transitadas por calesas tradicionales. En el sur de Luzón, la silueta cónica matemáticamente perfecta del volcán Mayon se yergue como guardián sobre los campos de arroz y las ruinas históricas de Albay. Filipinas destaca, por encima de todo, por la extraordinaria calidez humana de sus gentes: un pueblo cuya hospitalidad sonriente, generosidad sincera y alegría musical («bayanihan») transforman cualquier travesía por sus islas en una vivencia profundamente emotiva e imborrable.