Erigida sobre las aguas profundas del mar de Bohol, a poco más de cincuenta kilómetros al norte de la costa continental de Mindanao, la pequeña y montañosa provincia de Camiguin es universalmente célebre con el poético sobrenombre de «La Isla Nacida del Fuego» (The Island Born of Fire). Con una superficie de apenas doscientos treinta y ocho kilómetros cuadrados, esta joya volcánica ostenta una de las mayores concentraciones de volcanes por kilómetro cuadrado del planeta: cuenta con siete volcanes prominentes superando en número a sus cinco municipios administrativos. Su silueta verde y escarpada está dominada por el imponente monte Hibok-Hibok, un estratovolcano activo cuya fuerza geológica ha moldeado para siempre el paisaje, las fuentes hidrotermales y la historia de la isla.
El hito paisajístico más sobrecogedor de Camiguin es White Island (isla Medan), un idílico atolón de arena de coral blanco purísimo en forma de herradura que emerge a un par de kilómetros de la costa norte. Carente por completo de árboles o construcciones, este banco de arena cambia de forma con las mareas y ofrece la panorámica más majestuosa y perfecta de toda la isla, con las aguas turquesas del mar de Bohol en primer término y las imponentes laderas cubiertas de selva del monte Hibok-Hibok y el monte Vulcan recortándose contra el cielo tropical.
La potencia volcánica subterránea bendice a Camiguin con un contraste hidrotermal insólito: en las faldas de Hibok-Hibok, las piscinas escalonadas de Ardent Hot Springs vierten aguas termales sulfuradas a temperaturas de entre 37°C y 40°C que alivian el cuerpo en medio de jardines selváticos, mientras que en el lado opuesto, Sto. Niño Cold Springs ofrece un baño tonificante en piscinas de manantial de montaña heladas de agua cristalina alimentadas por filtraciones freáticas. En la costa occidental de Catarman, el Cementerio Hundido (Sunken Cemetery) rinde homenaje a la antigua capital colonial sumergida bajo el mar tras la catastrófica erupción del monte Vulcan en 1871; hoy, una gigantesca cruz conmemorativa erigida sobre una base marina sobrevive en medio de las olas, convertida en un insólito santuario de snorkel donde los corales han colonizado las antiguas lápidas submarinas. Hacia el interior, la catarata de Katibawasan se precipita verticalmente desde más de setenta metros de altura sobre una poza esmeralda rodeada de helechos arbóreos prehistóricos.